EL CORONAVIRUS EN EL SIGLO II


"Pero él le dijo: Como habla cualquier mujer necia, has hablado. ¿Aceptaremos el bien de Dios y no aceptaremos el mal? En todo esto Job no pecó con sus labios." JOB 2:10 (LBLA)



Esta pandemia global (COVID-19) nos ha llevado a repasar los antecedentes históricos que pesan a la hora de hacer pronósticos. Me toca destacar el rol que está llamada a jugar la iglesia. Como la historia siempre nos regala esas oportunidades envueltas en papeles pestilentes, qué se espera de nosotros como gente de, cuál es nuestra partitura en esta sinfonía mundial, qué haremos. A continuación pasaré a describir una peste que "sorprendió" a la naciente iglesia cristiana, ésta, todavía en pañales y con olor a carne quemada a causa de las inclementes torturas propiciadas por sus adversarios, le tocaba asumir y aplica aquellas enigmáticas palabras "pon la otra mejilla".


LA PESTE DEL SEGUNDO SIGLO


De acuerdo a los historiadores, el Imperio Romano experimentaba en el siglo II d.C su época de oro, con un gobierno benigno y una unidad cultural que abarcaba toda la cuenca del Mediterráneo. No obstante aquello, entre 165 al 180 d.C estalló una peste que afectó a todo el Imperio Romano cuyas proporciones geográficas y humanas nunca antes habían sido vistas en la historia de la humanidad. La llamada peste Antonina constituye una de las coyunturas médicas más relevantes para el devenir del mundo clásico y occidental, quizá al mismo nivel de la peste negra en el siglo XIV o la gripe española en 1918. Se ha estimado que en promedio la peste Antonina debió tener una mortalidad de 7 a 10% de la población imperial, es decir, habrían muerto en el Imperio Romano entre unos tres millones y medio a cinco millones de personas producto de la epidemia. Las cifras para el caso del ejército y las ciudades se estiman ligeramente superiores en torno a 13-15% de mortalidad debido a los grados de concentración y la falta de sistemas higiénicos como los actuales que hubieran ayudado a prevenir la difusión y a controlar la plaga.


De esta forma el impacto mental, social, económico y militar de la crisis fueron importantes en el devenir del Imperio Romano sobre todo pensando que no se contaban con los medios ni el conocimiento tecnológico como los actuales como para superarla y explicarla a cabalidad. De inmediato los cadáveres fueron vistos como agentes de transmisión y no faltó quienes vieran la pandemia como un castigo de los dioses por alejarse de sus designios.


La imagen más terrible de la peste la ofrece la vida de Marco Aurelio inserta en la Historia Augusta, la que señala que en plena campaña contra los marcomanos en el Danubio "surgió una epidemia tan grande que los cadáveres se transportaron en distintos vehículos y carruajes. Los Antoninos promulgaron entonces leyes severísimas respecto a la inhumación y a las sepulturas, pues prohibieron que nadie las construyera a su gusto, reglamentación que se observa todavía hoy. Por cierto, dicha epidemia acabó con muchas miles de personas, muchas de ellas de entre los primeros ciudadanos". Las leyes aún se conservan en el Digesto y tratan específicamente sobre las penas para las personas que ocupaban nichos vacíos para enterrar sus deudos y los lugares donde hacerlo, pero las que más impacto tuvieron son las referentes a que el traslado de cadáveres debía hacerse con permiso de la autoridad local competente y nunca pasando por en medio de las ciudades para evitar todo posible contagio.


No hubo clase social que se librara, lo que demuestra la virulencia de la pandemia, sobre todo considerando que las clases altas tenían mejores condiciones sanitarias y alimentarias. La plaga afectó a todos por igual, incluso el mismísimo emperador Marco Aurelio falleció a causa de la viruela en 180, no sin antes expresar en sus últimas palabras su preocupación por los pobres afectados por la pestilencia. Roma, la ciudad eterna, sufrió el embate con mayor dureza por la cantidad de población aglomerada y hacinada. Muchas actividades económicas tuvieron que paralizarse al nivel que se fijaron las paces con los enemigos de Roma, en las cuales se estipulaba su ingreso para establecerse como colonos para trabajar la tierra y ser soldados. En otros casos como en Hispania, Morris Silver sostiene que la plaga terminó con la labor minera ya que subió el valor de los esclavos y la mano de obra haciendo las ganancias menos rentables que antaño.


LA RESPUESTA DE LA IGLESIA


En medio de esta crisis, una iglesia que tenia poco más de 100 años fundada, le toca responderle a sus verdugos. La iglesia comienza a levantar una gran bandera de labor social, permítame citar a Galtes quien dice: "cualquier conocedor de la historia de la civilización no puede dejar de remarcar que la dignidad del pobre y la asistencia al desvalido en la sociedad grecorromana fue fruto del cristianismo y que a la sombra de la Iglesia nacieron y se desarrollaron una multitud de instituciones de beneficencia." Es la iglesia quien promueve los orfanatos, leprosarios, las grandes obras de caridad, que hasta los paganos se admiraban de ellas, según tertuliano en su primera apología. La iglesia en medio de la peste se confundió con el pueblo, cuidaba a quienes le adversaban, pagaban bien por mal, mostraban una ética envidiable.


Este tiempo que atraviesa nuestro mundo es muy similar a lo antes acontecido numerosas veces en la historia, ¿qué se demanda de nosotros hoy?


  1. Solidaridad

  2. Oración

  3. Obediencia

  4. Prudencia

  5. QUEDARNOS EN CASA

  6. Mantener viva nuestra fe

  7. Tener esperanza

  8. Ser respetuosos

  9. Velar por los nuestros

  10. Congregarnos ONLINE

  11. Aprovechar el tiempo en familia

  12. Organizar áreas de nuestra vida

  13. Ser agradecidos

  14. CONFIAR EN EL SEÑOR


Dios te bendiga!

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